Doña Esperanza cargaba con su habitual bolso de piel de primera calidad, recuerdo de cuando aún sus hijos se acordaban de ella. Seis años habían pasado ya desde que su hija María se lo regalara unos días después de su cumpleaños, antes de irse a Francia con sus hijos. Seis años, y aún llevaba ese bolso de aquí para allá, lleno a rebosar de utensilios y cachivaches que encontraba de vez en cuando. Síndrome de Diogénesis, o algo así, decían los doctores que tenía, pero eso a ella la traía sin cuidado, cada uno de los pequeños tesoros que ocultaba en su bolso simbolizaba algo muy especial para ella, aunque hacía tiempo que ya no recordaba que podría ser.
La distraída ancianita aceleró el paso cuando escuchó el repique de las campanas de la iglesia, al padre Otero no le gustaba esperar a sus fieles. Así pues, Doña Esperanza se arremangó el vestido y se dirigió por la calle Lorca hacía la capilla, no sin antes recoger una moneda rota que se encontró en la esquina con la calle Albéniz y una piedra de un color oxidado que le llamó la atención al cruzar por el puente sobre el pequeño arroyo que cruzaba el pueblo.
El sacerdote miraba su reloj mientras sus feligreses cruzaban el enorme portal del templo, quedaba exactamente un minuto para las siete de la tarde y no pensaba esperar ni uno más. Era bien sabido que el carácter agrio del clérigo se debía a una destitución de su cargo en el obispado debido a ciertos asuntos turbios que nunca llegaron a la luz, pero nadie en el pueblo se atrevía a preguntar por miedo a una posible excomunión, amenaza que el cura no paraba de pronunciar en sus oficios. Cuando el sacerdote levantó la vista para apresurar a los retrasados, un enorme barullo llamó su atención, al otro extremo de la plaza mayor venía Doña Esperanza, poniéndose bien las medias y saludando al párroco. El padre Otero no se molesto siquiera en disimular su descontento, no entendía a esa mujer y le molestaba su continua alegría, como si se burlara de él con esa sonrisa arrugada.
La ancianita corría como podía hasta la iglesia pero, tras un ligero traspiés con una losa suelta de la plaza, su bolso se cayó liberando todos sus preciosos tesoros por el pavimento. Doña Esperanza se quedó entre el templo y sus cachivaches, mirando preocupada a cada lado sin saber qué hacer. El sacerdote la miró de arriba abajo con un cierto deje antipático exactamente 13 segundos, el tiempo que tardó el reloj en dar la alarma de las siete en punto. Antes de que Doña Esperanza se diera cuenta siquiera de lo que había pasado, el portal de la iglesia se cerró en sus narices.
-¿Qué voy a hacer ahora? -se preguntaba la viejita mientras recogía una rama de tomillo y un par de canicas transparentes.- Todo el pueblo está ahí dentro y el padre Otero no me dejará entrar. Quizá lo mejor sea que me sienta en este banco y espere a que termine la misa para disculparme. Envuelta en sus pensamientos como estaba la anciana, no se dio cuenta del todoterreno que se paró frente a ella…

me ha gustado mucho rubio :) solo te haría una observación acerca del último párrafo aun en general esta bien escrito y parece una historia divertida y entrañable :)
ResponderEliminar¿El laberinto de las aceitunas en versión Doña Esperanza?
ResponderEliminarPues no lo he leido Sab, pero si es de Eduardo Mendoza debe ser bueno. Hacemos una cosa, yo me lo leo y tu esperas a que termine de contar la historia y despues comparamos notas :D
ResponderEliminar¡Leñes! que se ha "cortao" la lectura... pasa la página rápido que me intriga... jejeje
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